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Publicado el: 4/30/2013

Las claves que explican el estrangulamiento de la Universidad pública


Recortes presupuestarios, despidos masivos de profesorado, reducción de becas, aumento de las tasas de matrícula y mucho endeudamiento. Esa es la situación actual de la Universidad española. Los datos son elocuentes: desde 2010 el presupuesto público se ha recortado en más de 1.200 millones de euros y algunas universidades como la Politècnica de Catalunya y la Complutense de Madrid acumulan deudas de hasta 111 millones de euros en el caso de la primera y 160 millones de euros, en el caso de la segunda. Además, el pasado mes de marzo, 300 profesores de la Politécnica de Madrid vieron cómo era rescindido su contrato.

Con esta lúgubre perspectiva, Joseba Fernández, investigador en Ciencia Política de la Universidad del País Vasco, Carlos Sevilla, abogado laboralista, y Miguel Urbán, gestor cultural, han coordinado el ensayo De la nueva miseria. La Universidad en crisis y la nueva rebelión estudiantil (Akal), en el que a través de artículos sobre los modelos universitarios español, norteamericano, indio e italiano abordan lo que ellos han denominado “una verdadera operación de destrucción de la universidad pública para ponerla al servicio de su mercantilización y privatización acelerada en manos de gestores”, según el prólogo escrito por el profesor de Ciencia Política de la UNED Jaime Pastor. Para ellos, ahí reside el quid de la cuestión de “este estrangulamiento de la financiación pública de la Universidad” canalizado a través de recortes y despidos, analiza Sevilla.

Una universidad pública rota cuyo modelo “no ha cambiado desde la Edad Media”, según Urbán, y que además, ahora se enfrenta a otro grave problema: la crisis y el desempleo que en los jóvenes alcanza al 57,2% -según el último dato de la EPA- la ha convertido en una máquina de crear parados o trabajadores en precario. Una situación esquizofrénica –cada vez hay menos inversión, cada vez hay más titulados- que para estos autores se encuadra en una estrategia política evidente: “Hay una ofensiva de las elites de tratar, mediante reformas tecnocráticas, de adecuar la propia institución al entorno productivo moderno”, sostiene Sevilla en conversación con La Marea. Su compañero Miguel Urbán indica que el principal problema es que desde finales de los ochenta “en vez de adaptar el mercado laboral a las necesidades sociales, la universidad se ha adaptado a las necesidades del mercado”. Un mercado que ahora mismo no da abasto.

Las palabras de Urbán tienen como corolario la sentencia del Ministro de Educación, José Ignacio Wert, cuando afirmó que “los estudiantes no deben estudiar lo que quieren, sino lo que les emplee”. Un ataque que parece destinado a las Humanidades. “La reconversión profesional hacia itinerarios tecnocientíficos es también un proyecto político. El incremento masivo de estudiantes y de licenciados en las Facultades de Humanidades con un mercado de trabajo que no absorbe esa mano de obra se convierte en un problema social, por lo que se orienta toda esa formación hacia itinerarios tecnocientíficos como una ofensiva sobre el conjunto de conocimientos de las Humanidades, que son disciplinas que además permiten un conocimiento de la sociedad que no permiten otras”, asegura Sevilla.

Al combate contra las Humanidades se une otra estrategia política, según estos autores: guiar el modelo español hacia el norteamericano de la Ivy League, es decir, la separación entre centros de calidad, que son al final los que reciben mayor financiación por parte de las administraciones, y los que se quedan en segunda fila. “Lo estamos viendo con la Complutense y con la creación de los Campus de Excelencia, que es una forma de crear un circuito dual y que van destinados a formar a la elite”, manifiesta Sevilla. Los autores sostienen que con estas medidas de lo que se trata es de “reestructurar la docencia” a partir de un profesorado precario destinado a dar clases en los primeros cursos de la Universidad, y un segundo circuito de docentes, fundamentalmente catedráticos y doctores, que dan sus clases en másters y segundo grado. “Se crea una casta de funcionarios, que al final son los que mantienen el poder en los órganos de Gobierno de las facultades”, afirma Sevilla. Para Urbán, la estrategia es aún peor, puesto que lo que se pretende con estas dualidades y con los recortes en la financiación es que las Juntas y Claustros de las facultades estén compuestas “por gestores de empresas y fundaciones privadas, que son los que van a invertir en los centros universitarios. Se trata de crear la Universidad-Empresa”.

Plan Bolonia

¿Y qué tiene que ver el famoso Plan Bolonia con todo esto? El Espacio Europeo de Educación Superior (EEES), que se puso en marcha en el curso 2007/2008, y que a pesar de ser fuertemente contestado por la comunidad estudiantil y profesores, finalmente salió adelante, “no ha traído ninguna mejora para la universidad”, reconocen Sevilla y Urbán. Aunque en España aún no hay estudios de inserción laboral a partir de Bolonia, para ellos la reducción de los años de estudio de una licenciatura ha supuesto un deterioro de las condiciones de trabajo para el profesorado con salarios más bajos y con peores condiciones contractuales. Para el alumnado también deviene otra problemática: “Se están produciendo licenciados al mismo ritmo que se producía antes de la crisis y con un mercado que ha reducido buena parte del empleo que había antes. Así que toda esa gente que está saliendo de la universidad está optando por el exilio. Esa es la realidad”, analiza Sevilla.

Ante esta cuestión, en la comunidad educativa se ha debatido sobre si la alternativa no sería la reducción de titulados. También se ha discutido sobre el florecimiento de facultades en todo el territorio español durante el último decenio y que, por razones obvias, ha implementado el número de licenciados. Tanto Sevilla como Urbán se muestran en desacuerdo con un recorte de centros. “No, lo que creemos es que hay poca universidad, pero universidad como forma de capacitación de la ciudadanía. Tendríamos que democratizar mucho más el acceso y eliminar las expectativas laborales en torno a tu capacitación de estudio. Es normal que la gente de Albacete quiera carreras y no sólo los de Madrid. El problema es cómo entendemos la universidad, si al servicio del mercado o de la sociedad”, manifiesta Urbán. “La gente debe ser consciente de que la Universidad no es un CCC. No está entrando en un sitio que le va a cualificar profesionalmente, sino que entra para obtener una formación superior y para vivir una experiencia que, por desgracia, otra gente no puede tener”, añade Sevilla.

El cambio de mentalidad también tiene que ver con la formación que reciben los estudiantes y la forma en la que estos la asimilan. Hay una crítica palpable en los últimos años y es que son muchos los licenciados que terminan la carrera y cometen fallos de cultura general. Conocimientos que deberían haberse aprendido incluso en la enseñanza secundaria. Para Urban y Sevilla también esta problemática se revela deudora de un modelo universitario anacrónico y poco eficiente: “Tenemos un modelo que está orientado a ser una fábrica que expide títulos y que hace que, al final, al estudiante lo único que le interese sea tener el título y no el aprendizaje en sí mismo. La universidad hace que te estudies todo en quince días, luego lo vomites y después te vuelvas a quedar anoréxico en el conocimiento. Es una universidad que está orientada a sacar licenciados como churros [sic]. Si estuviera orientada a crear ciudadanos, el modelo educativo tendría que ser diferente”, sostiene Urbán.

Un movimiento estudiantil derrotado

Para los autores de este ensayo el peor síntoma de que la Universidad está caminando hacia un abismo sin frenos es “la derrota del movimiento estudiantil, que perdió su última batalla con el Plan Bolonia. Desde entonces no hay nada. Hay foquitos que surgen ante casos coyunturales, pero no se ha generado un movimiento”, mantiene Sevilla. Para ellos, acciones como dar clase en la calle como muestra de la precariedad que está sufriendo la universidad no son suficientes. “Además, tiene un aspecto elitista porque demuestra que la universidad desciende al pueblo, cuando la universidad tendría que ser siempre eso. Es una forma de protesta muy cómoda”, añade Sevilla.

¿Cuál es la alternativa? ¿Qué hacer entonces? Los autores se fijan en los movimientos estudiantiles protagonizados en otras universidades como la Universidad de México (UNAM) donde tanto estudiantes como profesores llegaron a estar nueve meses en huelga. “Ocuparon el espacio universitario, que estuvo gestionado por profesores y estudiantes. Y ganaron. La matrícula de la UNAM cuesta un peso y querían que valiera 1.000 dólares. Costó nueve meses pero sigue costando un peso”, sostiene Urbán.

A pesar del pesimismo y de las “negras tormentas” que se avecinan –o ya están- en el mundo universitario, tanto Urbán como Sevilla observan cierta luz al final del túnel. “Hay una dinámica internacional de oponerse a este proyecto de mercantilización. Hay precedentes en todos los países de la Europa Occidental con movilizaciones masivas. La única forma de la que puede surgir un nuevo modelo de educación o de sociedad es desde este tipo de luchas o resistencias”, zanja Sevilla. Ante el derrumbe total, es la esperanza que aún les queda.
       
       
       
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